Imagen de Ksenia Volkova

El miedo te impulsa o te paraliza

La noche que me secuestraron

Traté de recrear las sensaciones del miedo. No pude. Hacía mucho tiempo que no lo sentía y me di cuenta que es porque lo asocio a una experiencia terrible de mi vida en la que realmente pensé que iba a morirme. Que se iba a terminar todo. Decidí contar mi historia ahora porque dicen que exteriorizar ayuda al proceso de sanación. Decidí que quiero volver a tener miedo. Porque el miedo es importante, es un motor de cambio. Pone las cosas en perspectiva, y, si algo te da miedo, es porque te importa.

Hace unos meses en un ejercicio de Coaching con un grupo de amigos emprendedores el Coach, Jonás, nos pidió que actuáramos algunas emociones primarias: enojo, angustia, sorpresa y miedo. Para hacer esto, teníamos que pasar los sentimientos por el cuerpo y no por la cabeza. En el caso del enojo buscamos cambiar la respiración para que fuese por la nariz, mordiendo la mandíbula y tensando el cuerpo. Con la angustia, aflojamos el cuerpo y respiramos por la boca. De esta forma logramos conectar con lo que nos está pasando y tener más conciencia sobre nosotros.

Al llegar al ejercicio del miedo no logré recrearlo. Esto me llamó mucho la atención y ahí me di cuenta que hace mucho tiempo no sentía miedo, y ante la búsqueda de una explicación lógica porque la racionalidad is my thing, le dije a Jonás: “Me preocupan muchas cosas, pero de ahí a tener miedo, eso no me pasa”.

Durante los siguientes días pensé mucho en esto, en por qué no tenía miedo, y un recuerdo volvió a mi mente. Una sensación muy particular y poderosa. Miedo, ahí estaba… La última vez que tuve miedo fue hace más de 14 años. Exactamente, el 23 de diciembre de 2007: cuando me secuestraron.

El día que sentí miedo

Era una típica noche de verano en Buenos Aires, de esas con mucha humedad. Ese día, como siempre, había dejado para último momento hacer las compras de Navidad. Junto a un amigo de la facultad llamado Agustín, tocayo y oriundo de Las Flores, del interior de Buenos Aires, habíamos ido a comprar los regalos al shopping Unicenter. Estuvimos toda la tarde ahí, y a la hora de la cena nos encontramos con mi novia de ese entonces, Marian, su hermana y su mamá en el patio de comidas.

Cenamos algo todos juntos, charlamos un rato y con Agus decidimos emprender la vuelta para volver temprano cada uno a su casa. Me acuerdo, como si fuera ayer, a Lili (mi ex suegra) diciéndome: “Agus, ¿por qué no se quedan un ratito más con nosotras y se van después?”. Cabeza dura como siempre, estaba muy cansado y decidimos irnos. Lo que no sabía era que mi vida hubiese cambiado radicalmente si me quedaba aunque sea cinco minutos más.

Flores

Mi amigo Agus vivía con sus abuelos temporalmente en Buenos Aires en el barrio de Flores (sí, era de Las Flores, y vivía en Flores: Florception). Lo llevé a su casa sobre la calle San Nicolás y Av. Juan B. Justo. Una esquina muy transitada, con una heladería y constante movimiento de gente. Detuve el auto para sacar los regalos del baúl y darle un fuerte abrazo a mi amigo, ya que no nos íbamos a ver por varios días porque él iba a pasar las fiestas con su familia. En ese mismo momento, un auto Volkswagen Gacel de color bordó se detuvo detrás y se bajaron tres personas. Hicimos caso omiso a la situación ya que pensábamos que se trataba de los vecinos de la casa de al lado.

En cuestión de segundos estas tres personas se abalanzaron sobre nosotros y nos apuntaron en la cabeza con una pistola calibre 22. Dos de ellos obligaron a mi amigo a entrar a la casa, y el otro me hizo subirme a mi auto, mientras se sentaba en el asiento del acompañante. A esta persona le diremos Secuestrador #1. Fue todo tan rápido que mi mente estaba desvariando y no terminaba de asimilar ni entender lo que estaba pasando. Solo sé que esta persona tenía casi mi misma edad (unos 18 años) y me estaba apuntando con un arma. Me pidió la billetera, y como solo tenía cinco pesos, decidió dejarla intacta y devolverla balbuceando alguna risa por la escasez de la situación. Esto me dio pie a pedirle que me dejara de apuntar con el arma en la cabeza. Necesitaba dejar de sentir esa sensación en la que él tenía el poder de terminarlo todo con un solo movimiento de su dedo.

Mentí. Le dije que sufría de una arritmia cardíaca en el ventrículo izquierdo superior del corazón (creo que tener un papá cardiólogo hizo que me aprendiera estas cosas raras), y que si seguía apuntándome podría ocasionar que me diera algo y que eso iba a complicarlo todo. De alguna manera decidió creerme y bajar el arma. Pasados unos minutos de silencio me dijo: “Entremos a la casa”. Poco sabía lo que estaba sucediendo con el Secuestrador #2 y el Secuestrador #3, al cual llamaremos Berenjena.

Mientras estábamos afuera, el Secuestrador #2 y Berenjena se habían encargado de despertar, si es que podemos decirle así, a los abuelos de Agus. Su abuela se había podido levantar de la cama (pese al shock), pero su abuelo se había quedado paralizado por la situación. Todo para pedirles que les dieran los objetos de valor que tenían.

Cuando entré, me hicieron sentarme en el sillón del living junto a Agus, mientras que ellos se encargaban de agarrar todo lo que podían. Además, se ocuparon de sacarles las llaves y los celulares (removiendo la batería, lo cual imposibilitaba rastrear su ubicación). Mientras esperábamos sentados, apareció Berenjena. Quiero que sepan que hasta el día de hoy puedo cerrar los ojos y verlo claramente. Él es la imagen viva de lo que representa para mí el terror. En ese momento él debía tener unos 30 años, era alto, muy flaco, de tez trigueña y con facciones faciales muy marcadas, desde sus pómulos hasta su boca torcida.

Berenjena me generaba pánico. Se notaba que estaba pasado de alcohol y drogas, no podía articular sus palabras, lo cual lo hacía una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento. Era la irracionalidad personificada, lo incontrolable y el azar. Cuando me vio, lo primero que hizo fue apuntarme a la cabeza con la pistola y arrancarme de forma violenta una cadenita de oro que me había regalado mi mamá de un viaje a Colombia.

A la par de esto, Secuestrador #1, el que había estado en el auto conmigo, le decía que no fuera violento porque yo “tenía problemas en el corazón”. Pasaron minutos que se sintieron como horas hasta que Berenjena dijo las peores palabras que pude haber escuchado: “Pibe, levantate, vos venís con nosotros”.

Mientras bajábamos por la escalera hacia la puerta de calle se aseguraron de llevarse todas las llaves y dejar encerrados a mi amigo con sus abuelos. Esos últimos segundos antes de que cerraran la puerta no me voy a olvidar jamás la cara de mi amigo Agus y su abuela mirando impotentes cómo me llevaban y creo que del otro lado ellos no se van a olvidar jamás de mi cara de pánico.

Secuestrador #1 y Secuestrador #2 se subieron a mi auto, mientras que Berenjena se subió al Gacel bordó. Me dijeron: “Arrancá y hacé lo que te digamos y va a estar todo bien”. Manejar en esas condiciones se sintió eterno. Cada vez que nos parábamos en un semáforo y giraba en una esquina miraba a cualquier persona de la calle queriendo tener poderes telepáticos y buscando pedir ayuda con mi mente.

Me hicieron agarrar la Av. Beiro y me indicaron cómo tenía que ponerme detrás de un colectivo para que, a la hora de pasar el control policial que supervisaba el cruce de Capital hacia Provincia de Buenos Aires, no pudieran vernos. Manejé, manejé y manejé hasta que llegamos a un lugar que no entendía muy bien… donde me encontré con dos oficiales de Gendarmería que sostenían escopetas y que parecían la decoración al frente de una entrada. Y ahí estábamos: “Bienvenidos al Barrio Ejército de los Andes”, mejor conocido como Fuerte Apache.

Fuerte Apache

Al cabo de unas cuadras nos detuvimos en un descampado gigante, totalmente a oscuras. Berenjena se adelantó con el Gacel que venía conduciendo y se detuvo en el centro del descampado. Luego fue hacia el baúl, y en un abrir y cerrar de ojos vi cómo el auto se estaba prendiendo fuego. Parecía una puesta en escena. Por lo menos, eso es lo que me repetía en la cabeza constantemente ( — esto no es real, no está pasando — ). Berenjena se acercó hacia mí tratando de balbucear palabras que no se entendían por lo intoxicado que estaba y dándome pequeños golpes con el arma en la cabeza mientras se reía.

Si alguna vez pensé estar cerca de morirme, estoy seguro de que fue ahí.

Como en las películas, empezaron a aparecer flashes de mi vida. Estaba ahí, en un descampado, con un auto prendido fuego, en una noche a oscuras, totalmente solo, sin poder despedirme de nadie y con alguien que estaba en un estado deplorable y que en su dedo tenía el poder de terminar con todo. Y así lo hizo. Berenjena jaló del gatillo del arma en mi cabeza. Escuché el “click”. Mientras cuento esto me recorre un escalofrío y se me caen unas lágrimas. Ahí terminaba todo, era el momento. Pero no, el sádico se reía, solo lo hacía para asustarme porque tenía el seguro puesto. No me sale otra cosa que decir que era un enfermo y sádico de mierda.

Me obligaron a subir a mi auto, solo que esta vez Berenjena manejaba. Secuestrador #2 iba de acompañante y yo iba atrás con Secuestrador #1. Manejaba totalmente sacado de quicio, acelerando, saltando las cunetas. El chasis tiraba chispas cada vez que golpeaba el pavimento. Al cabo de un rato llegó un nuevo pedido de Berenjena: “Vamos para tu casa, dame la dirección”. No sé qué me pasó por la cabeza, pero estaba decidido a seguir mintiendo. Creo que después de que me gatillaron con el arma, todo pasó a tener otra perspectiva. Y aparte, ya lo había hecho con lo del corazón, así que no vi razones para no seguir. Les dije que mi casa quedaba lejos, que vivía en San Fernando (de donde era mi novia en ese momento). Insistió en ir, pero le dije que tenía más para perder que para ganar porque sería más de media hora de viaje por una autopista llena de controles y cámaras. Tras algunas puteadas e intercambios entre ellos, decidieron desistir de la idea. Lo último que quería era pensar en mi mamá viviendo toda esa situación. No tenía por qué exponerla y a esa altura me importaba poco y nada lo que pasara.

Mientras seguíamos en el auto pasó algo totalmente inesperado: sonó mi celular. Sí, sonó mi celular. Se habían olvidado de quitármelo. Me dijeron que atendiera y que pusiera el altavoz. Del otro lado estaba mi mamá, quien con una voz totalmente quebrada me dijo: “Hola, Agus, ¿estás bien?”.

Ellos me dijeron que le respondiera que estaba bien y que se quedara tranquila de que yo iba para mi casa. Acto seguido, agarraron mi celular, le sacaron la batería y una vez más, Berenjena insistió en ir a mi casa. Mi respuesta fue la misma: “No”.

Flores lado B

Mientras todo esto sucedía conmigo, en la casa de los abuelos de Agus la secuencia era otra: él, muy inteligente como siempre, cuando lo habían obligado a entrar a su casa, un reflejo lo hizo tomar sus llaves y tirarlas rápido al suelo para que patinaran, lejos de que alguien lo perciba (en esa época estaba esa moda horrible de tener en el llavero una cinta surfer y usarla “canchera” afuera del bolsillo). Creo que esto ayudó luego a que pudiera agarrarlas. Y así fue cómo, cuando ellos se fueron, Agus buscó sus llaves, salió y corrió hacia la avenida acompañado por su abuela. Buscó un teléfono público y llamó a la casa de mi mamá. Ella lo atendió y el diálogo que me contaron fue masomenos así:

— Hola, Nora, quería preguntarte si Agus había llegado a casa.

— Pero, Agus, él estaba con vos. ¿No era así?

— Sí, Nora, lo que pasa es que… (y acá es donde interrumpió su abuela gritando): — Agus, decile a Nora la verdad, ahora.

Entonces Agus le contó a mi mamá lo que había pasado. Sin entrar en muchos detalles, despertaron a mi papá para ponerlo al tanto y decidieron llamar a la policía. Así intervino la brigada antisecuestro de la Policía Federal.

Caseros

Mientras tanto yo estaba en Fuerte Apache. Habíamos entrado a uno de los Monoblocks y me habían encerrado en una habitación de un departamento. Al cabo de un rato escuché la voz de una mujer que dijo: “Saquen al pibe de acá, lo están buscando”. Salimos de ahí y todo volvió a empezar: de nuevo en el auto, otra vez Berenjena manejando. Sin saber mucho qué hacer conmigo, empezaron a dar vueltas por el barrio de Caseros. Algo totalmente inesperado sucedió. Una familia con dos nenas chicas estaba abriendo la reja del garaje para entrar a su casa. Berenjena detuvo el auto para agarrarlos por sorpresa en ese momento y entrar.

Al cabo de unos minutos me encontré con que habían encerrado a la mujer y a las nenas en una habitación, mientras que a mí me hicieron sentarme con el marido en el living. Eufóricos, ellos revolvían la casa buscando cosas de valor. Como era Navidad, delante del arbolito había un aire acondicionado nuevo y en caja. Decidieron cargar todo lo que podían en la camioneta de la familia (incluyendo el aire). Berenjena volvió y me dijo que me quedara tranquilo y que no hiciera estupideces, que iban a dejar eso y que ya volvía, mientras seguía jugando como de costumbre a darme golpecitos en la cabeza con el calibre 22. Agarraron las llaves y nos dejaron encerrados.

Cuando se fueron empecé a escupir todas las palabras que podía, tratando de explicarle al señor de esa casa todo lo que me había pasado. Me generaba desesperación que él no supiera muy bien quién era yo y qué hacía sentando en su living. Luego de intercambiar unas palabras me dijo que creía tener las llaves de la puerta del patio de su casa.

Salimos y me encontré con esas medianeras altas y tradicionales, las que tienen cemento mezclado con fragmentos de botellas de vidrio y que hacen más difícil saltar sin lastimarse. Me ayudó, salté y caí sobre el pasillo de un PH. Caminé unos pasos y comencé a golpear la ventana de una casa. Un vecino gritó sin entender nada. Una vez más, empecé a escupir palabras pidiéndole que me prestara un teléfono mientras el señor gritaba desde su casa pidiéndole que nos ayudara, validando mi historia. Me dieron un clásico teléfono inalámbrico blanco.

Al rato llegó mi papá acompañado de la brigada antisecuestro. En ese momento, tratando de asimilar la situación, todo se me mezcló en la cabeza entre las luces y las preguntas que me hacían. Yo estaba efervescente, lleno de adrenalina diciendo que me acordaba de todo, de cómo eran ellos y de la ubicación exacta del departamento del Monoblock (entre otras cosas). Seguido de esto, y pese a que estaba totalmente agotado física y emocionalmente, la burocracia hizo que tuviese que declarar en varias comisarías.

El día después

Muchas cosas pasaron luego esa mañana, como reencontrarme con mis papás, abrazarme fuerte con Agus, y con mi novia Marian, que había estado toda la noche en vigilia con su familia. Sucedió también que luego de unas horas la policía llamó para que los acompañáramos a ingresar a Fuerte Apache para buscar el departamento, a lo que mis viejos se negaron. Yo seguía aterrado.

Uno puede pensar que esto terminó acá, pero no. Los secuestradores siguieron en un frenesí de robos, que culminó en un tiroteo con la policía en la cual hirieron a dos oficiales y una señora falleció a causa de una bala perdida. Lograron agarrar al Secuestrador #2 y le dieron cinco tiros a Berenjena, así era su apodo con la policía (quien por cierto sobrevivió). “Bárbaro viejo”, diría un grupo de amigos.

El año que siguió fue eterno. Me obligaron a ir a terapia, una terapeuta que trataba de que viera lo positivo: mi accionar frente a una situación extrema. — No, gracias Señora, no hay nada de positivo — . Tuve que ir varias veces a las comisarías y a la Superintendencia Federal de Policía Científica para ver fotos y confirmar a los sospechosos. Incluso fui a un Juzgado para hacer una rueda de reconocimiento junto a otras personas que habían pasado por lo mismo que yo. Es muy difícil describir lo que se siente al ver a aquellos que te hicieron tanto daño a través de un vidrio, ahora sin poder lastimarte. Por lo menos físicamente.

Hoy

Mi vida a los 20 años cambió de forma radical. Dejé de ser un adolescente. Las preocupaciones y problemas de un chico de mi edad pasaron a ser estupideces. Ya nada era tan importante o tan grave como pensaba. Me hice adulto de la noche a la mañana. Y mi memoria hasta el día de hoy, optó por borrar muchos recuerdos. Dicen que esto es normal y que es un mecanismo de preservación ante un shock traumático.

Hoy, 14 años después, sigo recuperando recuerdos, muy de a poco. Se suman también las secuelas que me quedaron con respecto a la seguridad. Todavía miro para todos lados cuando camino o me bajo de un auto, y no puedo evitar paralizarme cuando un extraño se me acerca en la calle.

Siento que después del miedo perdés cosas. En el momento en el que te invade, te impulsa o te paraliza. Pero por las secuelas que te deja, hace que mires la vida con un filtro donde solo ves los extremos. Te arrebata la posibilidad de ver los grises. Es muy difícil salir de ahí, es un ejercicio constante: cambiar esa mirada, no minimizar las cosas, no filtrarlas por los extremos. Es parte de vivir. De sentir.

A quienes leyeron hasta acá, gracias. Los invito a pensar cuándo fue la última vez que sintieron miedo y si los paralizó. Abrácenlo, incorpórenlo, piensen cómo pueden usarlo para transformarse y poner en perspectiva qué es lo que realmente importa en sus vidas. ¿Qué es aquello por lo cual vale la pena preocuparse? ¿Qué harían hoy distinto si deciden usar el miedo para impulsarse?

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Co-Founder & CEO at Aerolab

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